El recogedor empotrado, seña de identidad del parque bilbaíno
Quien ha trabajado persianas en varias ciudades lo nota enseguida: en Bilbao y en toda la ría, el recogedor está metido dentro de la pared. En la enorme oleada de vivienda de los años cincuenta y sesenta que levantó Santutxu, Otxarkoaga, Rekalde, buena parte de Sestao, de Basauri y de Barakaldo, lo normal era dejar prevista en la obra una caja embebida en el paramento, con su tapa enrasada, y alojar ahí el mecanismo de recogida. Lo que en otros sitios es una pieza atornillada a la superficie, aquí es un hueco en el muro.
Esa solución tiene una virtud y un inconveniente. La virtud es que el conjunto queda limpio, sin volumen sobre la pared, y ha resistido setenta años de uso diario. El inconveniente aparece cuando toca sustituirlo: los recogedores de aquella época no responden a ningún estándar moderno, y hay tantas variantes como constructoras había entonces. La tentación fácil es agrandar el hueco a golpe de maza hasta que entre lo primero que se tenga en la furgoneta, y ahí es donde una reparación sencilla se convierte en un estropicio de yeso, pintura y azulejo.
Nuestro criterio es el contrario. Primero se mide la caja existente y la distancia entre los anclajes, y se busca un recogedor compatible o una placa embellecedora que cubra la huella del anterior. Solo si de verdad no hay ninguna combinación viable se plantea retocar el paramento, y en ese caso se dice antes de empezar, no después, con el importe y el alcance por escrito.
- Se mide la caja empotrada y la distancia entre anclajes antes de elegir pieza
- Se prioriza la placa compatible que cubra la huella del recogedor antiguo
- El retoque de pared es el último recurso, siempre avisado y presupuestado
- Cuando la caja empotrada está deteriorada, se valora pasar a recogedor de superficie










